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sábado, 25 de agosto de 2012

Leticia de Oyuela Trasciende.



Leticia de Oyuela Trasciende. 

Hoy traigo una ofrenda de gratitud a nuestra amiga Leticia de Oyuela quien, a sus cuatro años de haber partido de esta tierra, nos sigue inyectando fuerzas para investigar, para seguir estudiando y desarrollar pensamiento crítico, para seguir soñando con todas aquellas imágenes que se dibujan y desdibujan en nuestra mente.

Llamarte pionera, heroína, escritora, historiadora, promotora de cultura, hija, madre, esposa, abuela, serían palabras bien merecidas y hermosas; sin embargo, llamarte “parte aguas” en nuestra vida sería un término más exacto, pues supiste sembrar en nuestras mentes y hacernos entender el antes y el después, en todas sus perspectivas y ángulos posibles. Sé que a veces escribo en singular, pensando en mí misma y que a veces mezclo el plural, pensando en aquella generación de amigos y amigas que te acompañábamos a la hora del té: Yadira Eguigure, Mario Ardón, Soledad Altamirano, Rosa Margarita Elvir (QDDG), Adriana Yu-san, Carlos Maldonado, Armando Lara, Santos Arzú, Róger Gutiérrez, Carlos Lanza, Bayardo Blandino, Diana Vallejo, América, Isolda Hurtado, Mario Argueta, entre otros. Y para quienes, no dudo, también fuiste su “parte aguas”.

Todavía están frescas tus palabras cuando -entre mujeres- nos decías: “Estamos en una nueva etapa, en la que la madurez y el posicionamiento de la mujer, se ven reflejados día a día, a través de nuestra vida y ejemplos, de nuestros escritos y de la calidad de nuestros diálogos”.

Hoy trasciendes en tiempo y espacio, porque comienza la época de la cosecha; unos le apostamos a un nuevo pacto social, en donde se distribuyan responsabilidades públicas y familiares equitativamente entre mujeres y hombres; otros le apuestan a la agenda de género con los derechos humanos, otros a la pintura, otras también nos involucramos en la escritura ya sea en poesía, narrativa, ensayo, investigación; otros a la fotografía, otros a la promoción y difusión cultural. En fin, cada cual, en y desde su trinchera, haciendo lo mejor posible en pro de nuestra amada Honduras.

Fuimos cómplices -sí- en aquellos días de gloria (cuando te escuchábamos en vivo) de muchos proyectos y sueños que se quedaron rezagados en el camino. Hoy tenemos la gran responsabilidad de concretarlos y sacarlos adelante, de involucrarnos con actores y sectores, de comprometer voluntades políticas, recursos humanos y financieros, de provocar incluso hecatombes y sinergias con otros sectores intergubernamentales, todo para verlos hechos realidad.

Algo bueno ha sucedido en el pasado, pero no realizado por nosotros, sino por otros hacia nosotros. Esto es llamado “gratitud”. Eso bueno que me sucedió, que nos sucedió, fue sin lugar a dudas haberte conocido, haber disfrutado de tus pláticas, de compañía, de tus formas de ver la vida. Con total certeza puedo decir que todo lo que soy y he alcanzado hasta hoy en mi vida y lo que han alcanzados nuestros amigos, los del té… llevan tu impulso, tu fuerza.

Me despido enmendando algo. Para aquellos que creyeron que tu deceso era una gran pérdida para la sociedad hondureña, no es cierto, pues estás más viva que nunca, que aún retumban tus palabras cual ecos potentes y que seguirás estando por muchos años. Lo demás está en nuestras manos.

Finalmente, al igual que mi amada poeta Ana Iztarú, puedo decirte: “No olvides, por favor, que tengo nombre. / Yo soy igual, y soy distinta. / Soy distinta a veces, pero soy igual. / Tengo la misma hambre de trigales/ Y de vientos”. 

Diana Annabell Espinal Meza.

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